Posts etiquetados ‘María Negroni’

Carta a Sèvres – María Negroni

Publicado: 26 noviembre, 2010 en Books
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“…Ahora que llueve, que irrumpen las voces

de la noche, el vientre de la noche, la inspiración azul.

Que todo se derrumba al fondo de sí mismo, los héroes huyen,

el silencio brama, lo cerrado es abierto, la parte el todo,

lo ambiguo ambiguo. Que me pierdo en ciudades que aún no he sido,

azorada de lo que existe sin ninguna razón, sin reclamar

un sentido, y es vasto y múltiple y vacío como un poema

que le habla a Dios. Que estas líneas al filo de mi cuerpo

consuman por fin lo inexistente y su alegría, este elusivo

interregno que soy, ese jardín ilegible donde la dama deshonesta

escribe en su rincón de sombras. Y todo sucede tan lento,

el temor y la tensión, ese futuro perdido como una pena,

el deseo que hace tanto es una enfermedad, todo ocurre

como si lo hubiera traido un visitante, una parte de mi

más grande que yo, la que tiene un sueño incumplido pero la idea

se le escapa, como una promesa. Y está bien así, todo

debe aprender a perder, a volver al reino de lo desconocido

incluso el amor más durable, el que se ignora a si mismo.

Ahora que los cantos no importan, o importan en la medida

en que fracasan (pues la belleza se revela -sólo-

en aquello que se quiebra), que me he quedado sola,

sola en la casa ciega, yo, la novia sensual de la penumbra,

y alguien susurra a mi oido el arte de limpiar el jardín…”

 

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Fragm. La Anunciación – María Negroni

Publicado: 30 octubre, 2010 en Books
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Escribir, Humboldt, se parece tanto a la plenitud. Vas para un lado, y nada. Vas para el otro, y nada también. Tanto esfuerzo para quedarte, al final, con las miguitas de nada.

Ahora mismo, sin ir más lejos, todo lo que registra esta página, vos por ejemplo, me abandona y entonces es como si cada linea, cada palabra, fuera una gran despedida, una horrenda ceremonia que dice, a lo sumo, aquí hubo alguien, y yo no sé quién es es ese alguien, ni cuándo desapareció, ni de dónde.

¿Cómo explicarte? Cuando uno escribe, decora el dolor, le pone plantitas, fotos, manteles y se queda a vivir allí muy tranquilo, confiando en que nada puede ser peor porque, en realidad, si dolió tanto ¿Cómo podría doler más?.

Es como no tener miedo porque se está asustado.

Uno cree en lo que escribió y un día, con total frescura, dice: He aquí mi vida. Yo contruí este castillo y me encerré, y ahora no soy más que mis pasos por las escaleras y los parapetos y las criptas y las rajaduras de este sitio estrellado, tan lleno de esas presencias tangibles que yo misma inventé para asustarme (vos fuiste uno de mis fantasmas).

Todo es enteramente real, Humboldt, ¿Y de qué sirve? Cuando te querés acordar, tenés que decir Adiós cosas, ya no usaré paraguas, no conmoveré más a nadie con la pequeña música nocturna que fue la noche en mí como estación obrera.

Extraño tu calorcito en la cama. No, no te voy a reemplazar con una bolsa de agua caliente.

¿A qué no sabés que hice hoy?

Me compré un vestido azul, muy entallado y sin breteles, en la Via del Pánico.

La vendedora dijo “Los árboles florecen después del invierno, también usted florecerá, le sienta verdaderamente bien, no se olvide de florecer”.

Fue entonces cuando pensé ¿Y si lo odiara?

Es importante tener a quien odiar, vos mismo me lo enseñaste. Tengo que hacer un esfuerzo. No sé cómo empezar. Cualquier cosa, me digo, mejor que lo de ahora. Pero ¿Qué es lo de ahora? Lo de ahora es estar ligados para siempre, pretendiendo ignorar lo que sabemos. Por ejemplo: que en eso que llamabas nuestro adentro, había otro adentro, en el que yo no entraba. Años alzando tus paredes y todo se volvió putrefacto. Hasta que el pecho se te empezó a abombar como si fuera una coraza para esconder otras vidas. Nunca me gustó la forma de tu pecho, Humboldt. Quién me ba a decir que con vos -nada menos- iba a precisar un detector de mentiras.

Sé lo que vas a decir: Te sale el veneno por la boca, estás loca, nunca ocurrió lo que ocurrió, te amo tanto. Ah, Humboldt, el miedo, como a mí, te hace decir barbaridades.

El otro día me desperté de un sueño con la palabra bat. No sé por qué pensé en los goles del Mundial. La gente con los bombos, las banderas, los camiones avanzando por la avenida Pavón.
¿Se puede jugar al futbol en un país ensangrentado? ¿Se puede gritas Goooool como quien dice Aplausos para los asesinos?

El pueblo nunca se equivoca, decíamos. La historia de los parquets y el asado. El viejo andando en moto con las chicas de la UES. Puras goriladas. ¡Viva Perón, carajo!

Pero eso yo lo viví con mis propios ojos.

Nadie recordó Garage Olimpo, muchísimo menos tu cuerpo.

Es terrible vivir haciéndose la muerta.

Ahora mismo, en Roma, a la deriva. Subo por el Tíber sucio y amarillo y me dirijo a ningún lado. He conseguido una simulación perfecta del naufragio. Dejo atrás los puentes, las motos, los pensamientos que alguien, acaso pensó por mí. Y eso, y Roma, y la gran notte italiana es todo lo que tendré para nunca en la repartición de bienes simbólicos.
He perdido mi nombre. He perdido mis nombres. De la desesperación, de la masacre, me quedó el círculo de ciertas letras, una maravilla inconsolable.
Ninguna sabiduría. Ninguna salvación. Apenas un desierto sin historia donde nada representa nada. Algo así.

Las preguntas me dan respiro ¿No peleábamos por una causa justa? ¿No queríamos un mundo menos carcelario? ¿Por qué yo me salvé y vos no? ¿Es verdad que me salvé o soy apenas un cadáver que habla solo por las calles, vomitando cosas que a nadie le importan? ¿No conocí el placer y por eso tomé las armas como si dedicara un libro obsceno a una criatura sola y desamparada, yo misma? ¿No tener futuro es una gracia? ¿Estaré viva el 11 de marzo del 2033?.

Debo insistir en el odio. Un odio que no se tiña de deseo. Tengo que verte, pedacito por pedacito, a la luz de todos tus rostros. A lo mejor así me curo de tu deserción masiva de mi cuerpo.
Hoy es domingo. Llueve. En minutos atenderé el teléfono.

¡Qué delicia escribir trivialidades!

María Negroni.